Cómo usar el modo de memoria baja en Windows 11 y reducir la RAM

  • Windows 11 gestiona de forma agresiva la RAM, pero puede ajustarse desactivando programas de inicio, procesos en segundo plano y efectos visuales.
  • El uso de modos orientados a juego y la correcta configuración de navegador, memoria virtual y servicios permite liberar varios gigas de RAM sin perder estabilidad.
  • Evitar optimizadores de memoria y revisar el estado físico y la configuración de la RAM ayuda a mantener un rendimiento fluido en el día a día.
  • Cuando la demanda de memoria supera de forma constante a la instalada, ampliar físicamente la RAM se convierte en la solución definitiva.

Reducir consumo de RAM en Windows 11

Cuando tienes prisa y notas que el PC con Windows 11 empieza a ir a trompicones, a muchos nos pasa lo mismo: miramos el Administrador de tareas y vemos la memoria RAM por las nubes sin saber muy bien qué está pasando. A veces ni siquiera tienes juegos, ni editores pesados ni nada especial abierto, y aun así el sistema parece empeñado en comerse medio equipo.

Esto se nota todavía más en ordenadores con poca RAM instalada o en equipos que usas para todo: jugar, editar vídeo, trabajar, navegar con mil pestañas… Si Windows 11 decide reservar 8, 12 o incluso 15 GB de memoria, es normal que pienses que está abusando. La realidad es que el sistema está diseñado para gestionar la memoria de forma agresiva, pero eso no significa que no puedas tomar medidas. En esta guía vas a ver cómo usar el modo de memoria baja y el resto de ajustes de Windows 11 para recortar el consumo de RAM, evitar cuelgues y exprimir tu PC sin tener que gastar dinero de entrada.

Qué está haciendo Windows 11 con tu RAM realmente

Antes de tocar nada conviene entender qué está sucediendo por debajo. Windows 11, igual que versiones anteriores, está pensado para aprovechar la mayor cantidad de memoria disponible, no para dejarla libre “porque sí”. Eso implica que el sistema reserva RAM para cachés, servicios y aplicaciones que crea que vas a necesitar en breve.

Esto explica por qué, incluso sin programas “pesados” abiertos, puedes ver un uso del 40-60% de la RAM en equipos de 16 o 32 GB. El sistema anticipa que tienes margen y se permite cargar más cosas en memoria para que se abran más rápido. Aun así, si esa reserva choca con tus necesidades reales y necesitas más memoria (jugar o editar, por ejemplo), notarás tirones, lags o bloqueos puntuales.

Hay otro matiz importante: cuando el sistema se queda corto de RAM física, empieza a usar el archivo de paginación del disco (memoria virtual). Eso actúa como “RAM de emergencia” pero es muchísimo más lento, incluso con un SSD rápido. Si ves que todo se arrastra, probablemente el sistema esté tirando demasiado de ese archivo.

Por eso es tan útil combinar las funciones nuevas de Windows 11 —como el modo orientado a rendimiento en juegos o consolas portátiles— con los clásicos ajustes de optimización. El objetivo es reducir el consumo innecesario de memoria sin romper la estabilidad del sistema.

Modo de memoria baja en Windows 11 orientado a juegos y consolas portátiles

En algunos dispositivos con Windows 11 pensados para jugar (como ciertas consolas portátiles con interfaz tipo Xbox) se está popularizando lo que mucha gente llama de forma coloquial modo de memoria baja. En la práctica, se basa en una serie de ajustes centrados en priorizar el juego y recortar servicios y procesos secundarios.

En equipos como la ROG Ally y similares, esta idea se materializa en la experiencia a pantalla completa estilo Xbox, que actúa como un entorno de juego optimizado. Al activarla, el sistema desactiva o reduce parte de la carga habitual de Windows, consiguiendo ahorros de hasta unos 2 GB de RAM en algunos casos, algo clave cuando tienes 16 GB compartidos con la GPU.

El procedimiento para activar esta experiencia cuando está disponible es sencillo: abres la configuración de Windows, entras en el apartado de Juegos y buscas la opción de Experiencia a pantalla completa. Al habilitarla para que se active desde el inicio, el sistema se reinicia y arranca directamente en esa interfaz tipo consola, reduciendo el lastre de procesos típicos del escritorio clásico.

No todos los PCs de sobremesa y portátiles estándar tienen este modo tal cual, pero sí puedes replicar la filosofía: se trata de configurar Windows para que, cuando vayas a jugar o a ejecutar algo muy pesado, tenga la menor cantidad posible de servicios, aplicaciones en segundo plano y extras visuales ocupando memoria.

Desactivar aplicaciones que se cargan al inicio

Una de las formas más rápidas de recortar consumo de RAM es eliminar todo lo que Windows 11 intenta cargar nada más arrancar. Hay utilidades que quizá solo usas de vez en cuando, pero que se cuelan en el inicio y se quedan residentes consumiendo memoria día tras día.

Para revisarlas, puedes usar el propio Administrador de tareas. Desde ahí verás qué programas tienen habilitado el arranque automático y cuál es su impacto estimado en el rendimiento. en tu uso diario reduce tanto el consumo de RAM como el tiempo que tarda en iniciar el sistema.

En equipos que llevan años sin una limpieza de este tipo suele haber de todo: lanzadores de juegos que no usas, actualizadores de software que se pueden ejecutar manualmente, herramientas de impresoras, nubes que no utilizas… Cada una de esas pequeñas piezas añade unos cuantos megas de RAM al arranque y, cuando se acumulan, el impacto es notable.

Lo bueno de este paso es que es reversible: aunque desactives un programa en el inicio, podrás abrirlo a mano siempre que quieras. Simplemente dejas de cargarlo en segundo plano cada vez que enciendes el PC.

Cerrar aplicaciones y procesos en segundo plano

Otro gran agujero de memoria está en las aplicaciones que crees haber cerrado pero que siguen por detrás. Muchas dejan procesos en marcha por comodidad (actualizaciones, sincronización, notificaciones…), y con el tiempo puedes acumular decenas de procesos que se comen varios gigas de RAM.

Desde la aplicación de Configuración de Windows 11 puedes controlar qué aplicaciones tienen permiso para ejecutarse en segundo plano. Dentro de las opciones avanzadas de cada app encontrarás normalmente un apartado similar a Permisos de aplicación en segundo plano, donde puedes indicar que no se ejecuten cuando no las estés usando directamente.

Si quieres ir más a fondo, el Administrador de tareas o herramientas como RAMMap son tu aliado. En la pestaña de Procesos, ordena la columna de Memoria y verás de un vistazo qué programas y servicios están consumiendo más. Aquí es clave usar el sentido común: cierra únicamente lo que sepas que no es crítico para el sistema, evitando servicios del propio Windows o del antivirus si no tienes claro para qué sirven.

Con un par de limpiezas así al día, sobre todo cuando vas a abrir un juego o un editor pesado, puedes conseguir liberar entre 1 y 3 GB de RAM en equipos con mucho software residente, sin cambiar nada drástico en la configuración del sistema.

Cambiar de navegador y controlar extensiones y pestañas

El navegador es, para mucha gente, la aplicación que más tiempo está abierta y también la que más RAM traga. Chrome, por ejemplo, es conocido por su apetito: con unas pocas pestañas activas puede superar fácilmente el giga y medio de memoria consumida, sobre todo si tienes muchas extensiones instaladas.

Alternativas como Microsoft Edge, y otros navegadores más ligeros, tienden a consumir menos. No es raro ver que, con el mismo número de pestañas, un navegador más optimizado use la mitad de RAM que Chrome. Si sueles trabajar con muchas webs abiertas a la vez, el cambio se nota mucho.

Más allá de qué navegador uses, debes revisar las extensiones. Cada extensión que se carga al inicio del navegador añade procesos y consumo extra, y algunas mal optimizadas o muy antiguas pueden disparar el uso de memoria y CPU sin que apenas saques partido de ellas.

Lo ideal es dejar activas solo las extensiones que utilizas con frecuencia y, si hay algunas que usas muy de vez en cuando, mantenerlas instaladas pero deshabilitadas. De este modo, no estarán chupando RAM constantemente, pero podrás reactivarlas en segundos cuando las necesites.

Y por supuesto, si notas que el PC empieza a ir lento, revisa cuántas pestañas tienes abiertas. Cerrar las que no vas a usar a corto plazo es una de las formas más directas de liberar varios cientos de megas o incluso varios gigas de RAM, dependiendo de las webs y aplicaciones web que tengas cargadas.

Desinstalar programas y servicios que no utilizas

Hay aplicaciones que, aunque las cierres, tienden a reactivarse solas o a dejar componentes residentes. Si detectas que un programa concreto siempre aparece arriba en la lista de memoria del Administrador de tareas sin motivo, plantéate desinstalarlo por completo y buscar una alternativa más ligera.

Desde las opciones de aplicaciones de Windows 11 puedes ver un listado de todo lo instalado. Es buena idea repasar esa lista de vez en cuando y quitar lo que no has usado en meses. Cuanto menos software tengas instalado, menos probabilidades hay de que algo se esté ejecutando en segundo plano sin que te des cuenta.

Además de los programas visibles, existen servicios en segundo plano que pueden estar consumiendo memoria sin aportar nada. Desde la herramienta de configuración del sistema (msconfig) puedes filtrar los servicios para ocultar los de Microsoft y centrarte en los de terceros. Ahí verás, por ejemplo, servicios de actualización de programas que no necesitas tener activos todo el tiempo.

La clave aquí es ir con cuidado: no desactives servicios a ciegas ni toques los que no conoces. Céntrate en cosas claramente prescindibles, como determinados servicios de suites que solo usas manualmente (actualizadores de Adobe, lanzadores de juegos concretos, etc.), siempre con la idea de que puedes volver a activarlos si echas algo de menos.

En resumen, una pequeña sesión de “limpieza de software” cada cierto tiempo libera RAM y también reduce el riesgo de conflictos, errores y cuelgues provocados por aplicaciones viejas o mal mantenidas.

Reiniciar frente a suspender: por qué ayuda con la memoria

Parece el típico consejo de informático de batalla, pero reiniciar sigue siendo una de las formas más efectivas de limpiar procesos rebeldes y restos en memoria. Tras muchas horas de uso, es normal que haya programas que no liberen toda la RAM al cerrarse o dejen procesos en un estado extraño.

Si sueles poner el equipo en suspensión una y otra vez durante días, todos esos “restos” se mantienen. Al apagar completamente y volver a encender, solo se cargan los componentes básicos y lo que tengas configurado en el inicio, de forma que la memoria vuelve a un estado limpio y controlado.

Conviene también revisar la opción de Inicio rápido en las opciones de energía de Windows. Esta función hace que, en lugar de un apagado total, el sistema guarde parcialmente el estado del kernel en disco para arrancar antes. Eso acelera el encendido, pero a cambio puede mantener ciertas cargas que no te interesan si estás intentando depurar problemas de rendimiento.

Si desactivas el inicio rápido y apagas el equipo en lugar de suspenderlo, te aseguras de que cada arranque es lo más limpio posible. Es una pequeña molestia en tiempo, pero puede marcar la diferencia en equipos con poca RAM o con muchos programas instalados.

Como norma general, si notas el PC pesado y llevas varios días sin apagarlo, un reinicio completo suele ser el primer paso sensato antes de meterte en cambios más profundos de configuración.

Ajustar efectos visuales y animaciones de Windows 11

La interfaz moderna de Windows 11 viene cargada de animaciones, transparencias y efectos bonitos que, aunque no son exageradamente pesados, sí suman consumo de RAM y de GPU, especialmente en equipos modestos o con iGPUs compartiendo memoria.

En las opciones avanzadas de rendimiento del sistema puedes indicar que prefieres priorizar el rendimiento frente a la apariencia. Al elegir esta opción, Windows desactiva buena parte de las florituras visuales: animaciones de ventanas, sombras, transparencias, etc.

Si no quieres irte al extremo, también existe la posibilidad de personalizar al detalle qué efectos se mantienen y cuáles no. Por ejemplo, puede interesarte conservar el suavizado de fuentes pero quitar animaciones de minimizar y maximizar, que aportan poco en términos de uso real y sí consumen recursos.

En PCs que ya van algo justos, este pequeño sacrificio estético puede traducirse en una sensación de fluidez mucho mayor al mover ventanas, cambiar de aplicación o abrir menús. No libera tantos gigas como cerrar aplicaciones, pero ayuda a que la poca RAM disponible se centre en lo que realmente estás haciendo.

No olvides que algunas aplicaciones (navegadores, suites ofimáticas, editores) también permiten activar o desactivar animaciones internas y efectos gráficos, algo que puede contribuir a un entorno más ligero y menos exigente con la memoria.

Memoria virtual y archivo de paginación: cómo puede ayudarte

Cuando la RAM física se llena, Windows recurre al archivo de paginación, una zona del disco que se usa como memoria virtual de apoyo. No es magia: es bastante más lenta que la RAM real, pero evita cuelgues cuando las aplicaciones demandan más memoria de la que tienes instalada.

En equipos con muy poca RAM (4-8 GB), tener el archivo de paginación bien configurado es fundamental para que el sistema no se ahogue. Dejarlo en gestión automática suele ser lo más recomendable para la mayoría de usuarios, ya que Windows ajusta el tamaño dinámicamente según lo que necesites.

Hay un detalle interesante: el contenido de la RAM se borra al apagar, pero el archivo de paginación puede permanecer con datos antiguos que ya no sirven. Si quieres que el sistema vacíe este archivo cada vez que se apague, puedes activar una opción en el registro que fuerza la limpieza del archivo de paginación al apagado.

Esto no aumenta la cantidad de RAM disponible, pero puede ayudar a que el sistema no arrastre “basura” en el uso de memoria virtual y a que ciertos problemas de rendimiento persistentes se mitiguen tras algunos apagados completos.

En cualquier caso, conviene que el disco donde se aloja el archivo de paginación tenga espacio libre suficiente (al menos ese 10% de margen saludable) para que Windows pueda trabajar sin estar limitado también por el almacenamiento.

Gestionar la RAM compartida con la GPU integrada

En portátiles y PCs sin gráfica dedicada, la GPU integrada utiliza parte de la memoria principal como VRAM compartida. Eso significa que, de tus 8 o 16 GB, un trozo queda reservado para uso gráfico, reduciendo lo que queda para el resto del sistema.

En algunos controladores, como los de AMD Radeon o herramientas de fabricantes (ASUS y otros), puedes definir cuánta RAM máximo puede tomar la GPU. Si has asignado demasiado, quizá estés restando memoria importante al sistema para tareas generales, sobre todo si no juegas a títulos muy exigentes.

Ajustar a la baja ese límite puede devolverte algo de memoria útil. No conviene pasarse reduciendo, porque entonces los juegos u otras aplicaciones gráficas pueden verse limitados, pero encontrar el punto medio te da un equilibrio razonable entre rendimiento gráfico y memoria para el resto del sistema.

Este ajuste es especialmente relevante en consolas portátiles con Windows 11 y 16 GB de RAM compartida: liberar incluso 1-2 GB de VRAM reservada cuando no la necesitas puede marcar la diferencia entre un sistema que navega justo y otro que se mueve con cierta soltura incluso con varias apps abiertas.

Revisa también en la BIOS/UEFI de tu placa base si tienes opciones de asignación de memoria a la gráfica integrada; algunos fabricantes permiten controlar este parámetro directamente desde ahí para un control más fino.

Comprobar el estado y la configuración de la memoria RAM

No todo es configuración de Windows: a veces el problema está en el propio hardware. Puede ocurrir que uno de los módulos de RAM falle o deje de ser reconocido correctamente por la placa base, de modo que en lugar de 16 o 32 GB reales el sistema solo está utilizando una parte sin que tú lo hayas notado.

Un vistazo rápido a las propiedades del sistema o al Administrador de tareas te dirá cuánta RAM detecta Windows. Si ves menos de la que debería, toca abrir el equipo (si es posible) y comprobar físicamente los módulos, los slots y, si procede, testear con herramientas específicas la memoria para descartar errores.

También hay que tener en cuenta las frecuencias y perfiles XMP (Intel) o EXPO (AMD) que permiten alcanzar velocidades mayores a las estándar, pero estos perfiles deben activarse en la BIOS/UEFI. Si no lo haces, la RAM funcionará a una velocidad más baja de la esperada, lo que no afecta tanto a la cantidad pero sí al rendimiento global.

Un módulo que empieza a fallar no siempre provoca pantallazos azules inmediatos. A veces lo que notarás es un sistema errático, con aplicaciones que se cierran solas, tirones constantes o un consumo de RAM que parece anómalo. Un test de memoria puede sacarte de dudas antes de meterte en cambios de configuración innecesarios.

En resumen, merece la pena revisar de vez en cuando que la RAM que crees tener instalada es la que Windows realmente está utilizando, y que funciona a la velocidad prevista y sin errores.

Evitar falsos “optimizadores de RAM” y confiar en las herramientas correctas

En Internet abundan programas que prometen “liberar RAM” y hacer que el PC vuele, pero en la práctica la mayoría de ellos hacen justo lo contrario a lo que interesa: fuerzan a Windows a vaciar la RAM hacia el archivo de paginación del disco, lo que provoca más accesos al almacenamiento y, en consecuencia, más lentitud.

En versiones modernas como Windows 10 y 11, el propio sistema está diseñado para optimizar el uso de memoria de manera dinámica, liberando lo que no se necesita y priorizando siempre las ventanas en primer plano. Si un optimizador externo se mete de por medio, suele interferir con esa lógica y generar retrasos innecesarios.

Este tipo de herramientas solo tenían un pase en equipos muy antiguos y extremadamente limitados, donde cualquier maniobra para rascar unos megas extra podía marcar diferencia. En 2026, con Windows 11, lo más sensato es dejar que el sistema haga su trabajo y centrarte en ajustes reales: cerrar apps, controlar el inicio, revisa el navegador, etc.

Lo mismo se aplica a tener varios antivirus simultáneamente. Dos motores de seguridad distintos intentando monitorizar todo a la vez duplican consumo de RAM y CPU, además de provocar conflictos. Uno solo, bien configurado (el propio Microsoft Defender suele ser suficiente para la mayoría), es más que suficiente.

Si sospechas de malware, puedes usar escáneres puntuales de otros fabricantes con su versión de prueba, pero evita dejar varias soluciones de protección residentes trabajando al mismo tiempo en segundo plano. Además, infórmate sobre qué hacen esos optimizadores de RAM antes de instalarlos.

Cuándo tiene sentido ampliar físicamente la RAM

Todo lo anterior se centra en exprimir al máximo lo que ya tienes, pero llegará un punto en que, si el uso que haces del PC es muy exigente, simplemente no haya memoria suficiente para todo lo que quieres hacer a la vez. Aquí ya no hay optimización que valga: necesitas más gigas.

En el contexto actual, lo razonable para Windows 11 es partir de 8 GB para usos muy básicos, apuntar a 16 GB como estándar cómodo para navegación intensa, ofimática y algo de juego moderado, y subir a 32 GB o más si editas vídeo, trabajas con máquinas virtuales o juegas a títulos muy recientes y pesados.

Si después de aplicar los ajustes de inicio, cierre de procesos, limpieza de navegador, etc., sigues viendo la RAM al límite cada vez que abres un par de aplicaciones serias, es la señal de que ha llegado la hora de valorar una ampliación física. Eso implica revisar tu placa base (o tu portátil) para saber:

Cuántos slots de memoria tienes, cuántos están ocupados y qué módulos concretos llevas. Puede que tengas hueco libre para añadir más sin quitar nada, o que tengas que sustituir módulos pequeños por otros de mayor capacidad.

También tendrás que comprobar la capacidad máxima admitida y el tipo de RAM compatible (DDR4, DDR5, frecuencias, etc.). A partir de ahí, podrás decidir si te compensa el gasto y cuánto quieres crecer para no quedarte corto de nuevo en poco tiempo.

Es importante no confundir un problema de mala gestión o software mal configurado con una verdadera falta de recursos. Pero cuando ya has hecho los deberes en el lado del sistema y todo sigue yendo justo, ampliar la RAM es una de las inversiones que más mejora la experiencia cotidiana en Windows 11.

Combinando un buen control sobre las aplicaciones que se ejecutan en segundo plano, una configuración sensata del inicio, el navegador y los efectos visuales, junto con el aprovechamiento de modos orientados a juego o “memoria baja” cuando estén disponibles, es relativamente sencillo conseguir que Windows 11 reduzca su consumo de RAM a lo razonable y deje de monopolizar recursos, permitiéndote sacarle todo el partido tanto para jugar como para trabajar sin la sensación constante de que el sistema te está frenando.

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