Imagina que con solo abrir una pestaña del navegador, una web maliciosa pudiera empezar a espiar qué otras páginas visitas o qué aplicaciones ejecutas, sin instalar nada en tu ordenador y sin pedirte permisos raros. Eso, precisamente, es lo que explora FROST, un nuevo tipo de ataque de canal lateral que convierte tu SSD en una fuente de pistas sobre tu actividad.
Aunque pueda sonar a ciencia ficción, el ataque FROST es una prueba de concepto real desarrollada por investigadores de la Universidad Tecnológica de Graz (Austria). Su objetivo no es tanto robar archivos como aprovechar el comportamiento físico del SSD y una función legítima del navegador para reconstruir tus hábitos de navegación y uso de apps, con especial eficacia en equipos Mac con SSD.
Qué es el ataque FROST: concepto y origen

FROST son las siglas de Fingerprinting Remotely using OPFS-based SSD Timing, es decir, una técnica para «tomar huellas» de forma remota midiendo los tiempos de acceso al SSD a través de OPFS, una característica moderna de los navegadores. El ataque se ejecuta exclusivamente desde el navegador, mediante código JavaScript incrustado en una página web controlada por el atacante.
El trabajo ha sido desarrollado por un equipo de investigadores de la Universidad Tecnológica de Graz, conocida por estudios avanzados en ciberseguridad y canales laterales. Su objetivo no es lanzar un ataque masivo hoy mismo, sino demostrar que existe una superficie de ataque real y poco explorada en los SSD modernos cuando se combinan con APIs de almacenamiento del navegador.
En las pruebas publicadas, FROST consiguió identificar las páginas visitadas por los usuarios con una precisión de alrededor del 89 % en general, llegando hasta el 96 % en equipos Mac. En sistemas Windows la efectividad fue sensiblemente menor, pero suficiente para demostrar que el canal lateral funciona en más de una plataforma.
Un punto clave es que no es necesario instalar ningún malware clásico: basta con que el usuario entre en una web que ejecute el JavaScript malicioso. A partir de ahí, el sitio puede empezar a medir el comportamiento del SSD y enviar los datos al servidor del atacante para su análisis.
Qué es un ataque de canal lateral y por qué FROST es diferente

En ciberseguridad se llama ataque de canal lateral a cualquier técnica que obtiene información no por el canal «oficial» de datos, sino por efectos secundarios físicos o temporales de un sistema. En lugar de leer directamente un archivo o husmear en un paquete de red, el atacante analiza variaciones en el consumo eléctrico, la radiación electromagnética, el calor, el parpadeo de un LED o la latencia de acceso a un componente.
Ejemplos clásicos incluyen técnicas que deducen claves criptográficas observando el consumo de energía de un chip, métodos que usan el ruido electromagnético para reconstruir lo que hace un monitor o incluso experimentos que aprovechan el sensor óptico de un ratón para captar vibraciones sonoras de una habitación. Todos ellos comparten una idea: un sistema filtra más información de la que debería a través de su comportamiento físico.
Dentro de esta familia se encuentran los llamados ataques de canal lateral por contienda. Aquí la clave es que varios procesos compiten por el mismo recurso compartido (CPU, caché, memoria, bus, disco), y las variaciones en el tiempo de acceso revelan qué más está usando ese recurso. FROST se encuadra exactamente en esta categoría, tomando como recurso en disputa el ancho de banda del SSD.
Hasta ahora, muchos trabajos sobre canales laterales se centraban sobre todo en procesadores, cachés y memoria, y a menudo requerían ejecutar código local con ciertos privilegios. Lo que hace a FROST especialmente llamativo es que traslada esa idea al almacenamiento SSD y reduce el requisito a algo tan trivial como abrir una página web con JavaScript activo.
Ya existían estudios previos (por ejemplo, una investigación publicada en 2025) que mostraban que el SSD podía usarse como canal lateral, pero lo hacían ejecutando dos programas locales en la misma máquina: uno como emisor y otro como receptor. Eso es útil en un laboratorio, pero poco realista para un atacante real que no tiene ya el equipo comprometido.
Cómo funciona FROST por dentro: del SSD al navegador
Para entender FROST, conviene imaginar que en el SSD hay un archivo grande lleno de datos aleatorios. Un proceso se dedica a leer continuamente trozos de ese archivo y a medir con precisión cuánto tarda el SSD en responder a cada lectura. Si al mismo tiempo otras aplicaciones están leyendo o escribiendo en la unidad, el tiempo de respuesta sube ligeramente.
Esas pequeñas variaciones de latencia, aparentemente insignificantes, dibujan un patrón de actividad muy concreto. Cuando se carga una página web compleja, se abre una aplicación de escritorio o se inicia un juego, el sistema genera unos accesos a disco específicos que, repetidos muchas veces, se convierten en una especie de “huella digital” de esa acción.
En el estudio, los investigadores generaron gráficos de latencia asociados a sitios y apps concretos, tanto páginas web populares como aplicaciones locales (por ejemplo, abrir un navegador distinto, iniciar un editor, etc.). Descubrieron que esos patrones eran suficientemente estables como para reconocer qué se estaba ejecutando en el equipo, e incluso se mantenían razonablemente similares en máquinas diferentes, como un PC con Linux y una Mac Mini.
El esquema general del ataque es el siguiente: se construye un catálogo de huellas digitales de distintas aplicaciones y sitios web; luego, cuando un usuario visita una página maliciosa, esta mide las demoras del SSD en tiempo real; finalmente, se comparan las mediciones contra el catálogo para inferir qué sitios y programas está usando el usuario.
La gran pregunta es: ¿cómo se consigue esa capacidad de monitorización desde un simple navegador sin romper el aislamiento entre webs? Ahí es donde entra en juego el Origin Private File System (OPFS).
Qué papel juega OPFS y por qué los SSD son la clave
OPFS, acrónimo de Origin Private File System, es una API de los navegadores modernos pensada para aplicaciones web avanzadas que necesitan leer y escribir archivos locales con buen rendimiento. Es la base para que editores de vídeo online, herramientas de fotografía o juegos web puedan trabajar con muchos datos sin que todo vaya a trompicones.
La idea de OPFS es dar a cada origen (cada sitio web) un espacio de almacenamiento privado y aislado dentro del dispositivo del usuario. Desde el punto de vista lógico, ese espacio está separado del sistema de archivos tradicional y del resto de sitios, de modo que una web no puede leer lo que guarda otra. Pero físicamente, todos esos datos terminan escribiéndose en el mismo SSD.
FROST se aprovecha justo de esto: una página maliciosa puede utilizar OPFS para crear un sistema de archivos propio dentro del SSD e inundarlo con operaciones de lectura y escritura sobre un archivo de prueba. Midiendo continuamente el tiempo que tarda el navegador en completar esas operaciones, la web obtiene una secuencia detallada de latencias que refleja qué más está haciendo la unidad en cada momento.
En las pruebas, los investigadores observaron que para que el ataque sea útil, la web maliciosa debe monitorizar el SSD durante un periodo prolongado, de manera que pueda “capturar” las breves ventanas de tiempo en las que se cargan otros sitios o se abren aplicaciones. Cada una de esas ventanas dura apenas una fracción de segundo, pero deja una firma identificable en la señal de latencia.
Para exprimir de verdad el canal lateral, el estudio fue más allá e implementó un banco de pruebas donde un programa actuaba como emisor de datos binarios utilizando el SSD (por ejemplo, un «1» implica usar intensivamente el disco y un «0» implica dejarlo en reposo) mientras un receptor en el navegador medía las demoras a través de OPFS. De este modo, convirtieron el SSD en un canal de comunicación encubierto.
Velocidad del canal y precisión de FROST
Con esta configuración, en un escritorio Linux con procesador AMD, el sistema logró transmitir datos a aproximadamente 661 bits por segundo con cerca de un 90 % de precisión. En una Mac Mini con macOS, la tasa subió a unos 719 bits por segundo, manteniendo también una precisión en torno al 90 %.
Estas cifras son algo más bajas que las obtenidas en la investigación anterior de 2025, donde ambos extremos del canal (emisor y receptor) eran programas nativos. Sin embargo, la diferencia es relativamente pequeña si se tiene en cuenta que, en FROST, el receptor está limitado a lo que permite un navegador web y no a un binario local con acceso más directo al sistema.
Aun así, la mayor preocupación de los investigadores no es usar FROST para transmitir datos binarios de forma encubierta, sino como herramienta de rastreo de actividad del usuario. Es decir, emplear el SSD como sensor de qué sitios visitas y qué aplicaciones abres, y no como un “canal de datos” al uso.
En la Mac Mini, combinando las mediciones de latencia con modelos de IA, el sistema consiguió identificar correctamente la web abierta en un 89 % de los casos y determinar la aplicación local en ejecución con una precisión de hasta el 96 %. Todo ello, además, incluso cuando la página maliciosa estaba en un navegador distinto al que usaba el usuario para visitar otras webs.
Los resultados muestran que los sitios muy populares como Google o YouTube generan picos de actividad en el SSD mucho más marcados y distintivos que webs pequeñas. La razón es que cargan muchos recursos, scripts y datos en un tiempo breve, y eso se traduce en una huella temporal fácilmente reconocible por los modelos de IA.
El papel de la inteligencia artificial en el ataque
Uno de los retos de cualquier ataque de canal lateral es que la señal suele venir mezclada con mucho “ruido”. Un ordenador está constantemente leyendo y escribiendo en el SSD en segundo plano: actualizaciones, logs, cachés, procesos del sistema, aplicaciones abiertas… Separar lo que interesa del resto no es trivial.
Para resolverlo, los investigadores de Graz recurrieron a una red neuronal convolucional entrenada específicamente con las huellas digitales de diferentes sitios web y aplicaciones sobre un SSD concreto. Este tipo de red es muy eficaz reconociendo patrones en secuencias temporales, de forma parecida a cómo se usan en visión por ordenador o reconocimiento de audio.
Una vez entrenada, la IA es capaz de coger una larga secuencia de mediciones de latencia, aparentemente caótica, y destilar de ella la actividad real del usuario. El modelo aprende cómo responde el SSD al cargarse Google, al abrir YouTube, al iniciar una aplicación concreta, y luego busca esos patrones en medio del ruido normal del sistema.
Los resultados indican que, especialmente en Mac con SSD, la combinación de OPFS y red neuronal ofrece niveles de precisión muy elevados para tareas de fingerprinting: qué web se ha visitado, qué aplicación se ha abierto y, en algunos escenarios, hasta el momento aproximado de ciertas interacciones.
Algo importante es que este enfoque no depende en absoluto del historial del navegador ni de cookies, por lo que el famoso “modo incógnito” no sirve como defensa. La IA se alimenta de la física del disco, no de los datos lógicos que almacena el navegador.
Limitaciones prácticas y ruido del sistema
Pese a lo impresionante de los resultados, los propios autores del estudio subrayan que FROST no es un ataque rápido ni trivial de ejecutar en el mundo real. Como ocurre con la mayoría de canales laterales, hablamos de un proceso lento, metódico y muy dependiente del contexto de la máquina víctima.
Un problema clave es cómo gestionan las computadoras modernas el acceso a los datos. El sistema operativo tiende a cachear en memoria RAM la información a la que se accede con frecuencia, lo que hace que muchas operaciones ya no toquen el SSD físico. Y el ataque FROST solo puede observar lo que pasa en la unidad de estado sólido, no lo que ocurre en caché.
Para forzar que el navegador siga tirando del SSD y no de la RAM, una página maliciosa tendría que usar OPFS para crear un archivo enorme, del orden de más de 1 GB, y manipularlo de manera intensiva. Esa clase de comportamiento dispararía las alarmas de cualquier solución EDR o XDR mínimamente seria, como se describe en nuestro checklist de acciones tras un incidente de ciberseguridad, además de provocar una caída notable de rendimiento que un usuario medio notaría enseguida.
Otro obstáculo es que, debido a esa necesidad de vigilar el SSD durante largos periodos para cazar las “ventanas” de carga de otras apps, mantener el ataque activo requiere tiempo y que la pestaña maliciosa permanezca abierta. No es realista pensar que un usuario tenga siempre abierta una web misteriosa mientras trabaja durante horas.
Por todo ello, FROST se perfila como una técnica especialmente válida para operaciones de espionaje muy dirigidas, donde el atacante controla mejor el contexto, puede permitir que la víctima permanezca en un sitio concreto y está dispuesto a invertir mucho esfuerzo a cambio de una fuga relativamente limitada: saber qué se abre y qué se visita, no el contenido de esos recursos.
Qué puede filtrar realmente FROST
Conviene dejar claro que FROST no lee tus documentos personales, ni tus fotos, ni el contenido de tus correos. En su forma actual, lo que filtra son metadatos de actividad, que en muchos casos pueden ser muy reveladores aunque no contengan datos en bruto.
Entre la información que se ha demostrado posible inferir se incluye, por ejemplo, la huella de los sitios web visitados. Cada web compleja genera una secuencia de accesos a disco al cargar scripts, fuentes, imágenes y otros recursos. Esa combinación es suficientemente única como para asociarse con alta probabilidad a un dominio concreto.
También se pueden detectar ciertos tipos de interacciones del usuario, como transiciones entre páginas o acciones que disparan cargas de recursos (por ejemplo, reproducir un vídeo, iniciar una videollamada o abrir un documento pesado en una aplicación web).
Asimismo, existen patrones característicos de aplicaciones web y programas de escritorio: clientes de correo, herramientas de mensajería, suites ofimáticas online, plataformas de videoconferencia, etc. Cada una interactúa con el disco de una forma peculiar, y eso deja una firma reconocible por el modelo.
En entornos corporativos, este tipo de filtración podría ayudar a un atacante a saber qué herramientas internas usa una empresa, si se están abriendo aplicaciones concretas relacionadas con información sensible o si un empleado accede con frecuencia a determinados servicios. Aunque no se vea el contenido, la mera actividad revela mucho.
Impacto real en la seguridad y la privacidad
En la práctica, la utilidad inmediata de FROST para un ciberdelincuente común es bastante limitada: saber qué web visitas o qué app abres no permite, por sí solo, vaciar tu cuenta bancaria ni tomar el control del equipo. Pero, a nivel de privacidad y rastreo, el ataque plantea un escenario preocupante.
En primer lugar, porque sortearía muchas defensas clásicas de la navegación privada: borrar cookies, usar modo incógnito, bloquear el almacenamiento local, etc. Nada de eso afecta al hecho de que el SSD tarda un poco más o un poco menos en responder bajo ciertas cargas.
En segundo lugar, porque FROST se suma a una tendencia creciente de fingerprinting cada vez más sofisticado, donde la combinación de pequeñas señales (tamaño de pantalla, fuentes instaladas, comportamiento de la CPU, características del navegador, y ahora el SSD) permite construir perfiles muy persistentes de los usuarios.
Para estados, organizaciones muy específicas o actores con muchos recursos, un método como FROST podría ser una pieza más en un arsenal de técnicas de observación silenciosa, especialmente contra objetivos concretos como periodistas, activistas o personal de alto nivel en empresas sensibles.
Dicho esto, los autores recalcan que, comparado con el esfuerzo que requiere y el ruido que puede generar, la “recompensa” práctica de FROST es relativamente modesta. No estamos ante un fallo que permita comprometer masivamente millones de dispositivos de forma inmediata, sino ante un recordatorio de que incluso cuando los mecanismos clásicos de seguridad funcionan, el hardware sigue filtrando pistas.
Respuesta de los navegadores y postura de la industria
Antes de hacer público el estudio, los investigadores compartieron sus hallazgos con Google (Chromium), Apple y Mozilla, los responsables de los principales motores de navegador. La reacción de cada uno ayuda a entender cómo ve hoy la industria este tipo de amenazas.
Según el documento, el equipo de Chromium indicó que los ataques de fingerprinting como FROST no encajan en su definición tradicional de «vulnerabilidad de seguridad». Es decir, reconocen el problema, pero no lo tratan igual que un fallo que permita ejecutar código arbitrario o saltarse directamente el sandbox.
Apple clasificó el asunto como algo fuera del alcance inmediato, aunque dejó abierta la puerta a revisar la situación en el futuro. Mozilla, por su parte, confirmó haber recibido el reporte y reconocido la investigación, si bien no ha implementado aún mitigaciones específicas centradas en OPFS y SSD timing.
Esta respuesta ilustra un conflicto cada vez más evidente: por un lado, se introducen nuevas APIs como OPFS para mejorar el rendimiento y las capacidades de las aplicaciones web; por otro, cada nueva puerta al hardware ofrece la posibilidad de crear canales laterales inesperados. El navegador moderno ha pasado de ser un simple visor de páginas HTML a una plataforma de ejecución compleja con acceso a gráficos acelerados, sistemas de archivos, audio, vídeo, IA local y mucho más.
Con cada nueva capa de funcionalidad, aumenta también la superficie de ataque. FROST demuestra que incluso respetando escrupulosamente el aislamiento entre sitios y sin romper ningún mecanismo de seguridad clásico, una página puede aprovechar el comportamiento físico del sistema para aprender cosas que, en teoría, no debería saber.
Cómo detectar y mitigar un posible ataque FROST
De momento, no hay indicios públicos de que FROST se esté utilizando en ataques reales fuera del ámbito de la investigación. Aun así, los autores plantean varias estrategias de defensa, tanto para usuarios como para los propios navegadores.
La primera señal de alerta propuesta es vigilar el espacio libre del SSD. Para que OPFS mantenga vivo el canal lateral y fuerce al sistema a trabajar con el disco físico en lugar de la RAM, una web maliciosa podría crear un archivo de tamaño gigantesco (cientos de gigabytes en el caso más extremo). Una pérdida repentina y masiva de espacio, comparable a instalar de golpe un juego enorme, sería un síntoma bastante claro de comportamiento anómalo.
Otra medida sugerida es que los navegadores incorporen un diálogo de permisos previo a la creación de archivos OPFS, similar a como ya piden confirmación para acceder a la cámara, al micrófono o a la ubicación. De ese modo, un sitio no podría reservar grandes cantidades de almacenamiento privado sin que el usuario lo autorice conscientemente.
En la actualidad, la mayoría de los navegadores de referencia (Chrome/Chromium, Safari, Edge, etc.) no muestran avisos específicos cuando un sitio utiliza OPFS, por lo que el usuario rara vez es consciente de que una web está escribiendo datos de forma intensiva en su SSD.
Más allá de las propuestas de los investigadores, existen otras líneas de mitigación genéricas respecto a canales laterales, como reducir la precisión de los temporizadores disponibles para JavaScript o introducir ruido artificial en las mediciones de tiempo para dificultar el análisis estadístico. No obstante, estas soluciones suelen afectar negativamente al rendimiento y la experiencia de usuario, por lo que su adopción no es trivial.
En entornos muy sensibles, algunos expertos plantean medidas avanzadas como redirigir cierto almacenamiento a discos virtuales en RAM o limitar el uso de APIs de almacenamiento persistente a un conjunto muy reducido de sitios de confianza. Son estrategias que requieren conocimientos técnicos y que, a día de hoy, quedarían reservadas para organizaciones con requisitos de seguridad muy altos.
Qué significa FROST para el futuro de la seguridad en SSD y navegadores
FROST no va a provocar que tu SSD empiece a «filtrar» inmediatamente todos tus secretos, pero sí marca un hito en cómo entendemos la interacción entre hardware, navegador y privacidad. Convierte al almacenamiento de estado sólido en un protagonista de los canales laterales, un terreno hasta ahora mucho menos estudiado que la CPU o la memoria.
El estudio es un recordatorio de que la seguridad total es prácticamente imposible cuando se combinan dispositivos complejos, capas de software, APIs avanzadas y exigencias de rendimiento cada vez mayores. Incluso sin vulnerabilidades clásicas que explotar, los sistemas reales dejan escapar señales sobre lo que están haciendo.
Para usuarios y empresas, el mensaje de fondo es que, aunque FROST sea hoy sobre todo una prueba de concepto pensada para escenarios muy específicos, no conviene bajar la guardia con la evolución de los navegadores y sus capacidades de acceso al equipo. Mantener el software actualizado, limitar el uso de webs desconocidas, revisar qué aplicaciones web necesitan realmente almacenamiento local intensivo y, cuando sea posible, usar navegadores o configuraciones con enfoque fuerte en privacidad, sigue siendo una buena práctica.
La aparición de FROST pone sobre la mesa hasta qué punto los SSD pueden ser también protagonistas en la fuga de información, y lanza una advertencia clara: cada nueva comodidad que añadimos al navegador, desde APIs de archivos privados hasta funciones avanzadas de edición en la nube, trae consigo un coste en superficie de ataque que habrá que gestionar con cabeza si no queremos que, un día, nuestro propio hardware se convierta en el mejor aliado de quien quiera observarnos.
