Te has encontrado con que, después de actualizar a Windows 11, tu PC va más despacio que antes, arrancar tarda una eternidad y hasta las tareas más sencillas parecen ir a cámara lenta. ¿Por qué pasa esto? En los últimos meses se ha disparado el número de usuarios que ven cómo su equipo se vuelve torpe tras dar el salto a Windows 11, incluso en ordenadores que, sobre el papel, deberían ir sobrados de potencia.
Lo realmente delicado es que esa sensación de lentitud no siempre tiene un único culpable. Pueden influir desde errores en las últimas actualizaciones de 2026, hasta drivers mal optimizados, malware, piezas de hardware en mal estado o simplemente un equipo que va demasiado justo para las exigencias actuales. En esta guía vas a ver, con detalle y sin rodeos, qué puedes hacer para que Windows 11 vuelva a ir fino.
Por qué Windows 11 puede ir más lento tras actualizar
Al actualizar desde Windows 10 (o incluso desde versiones anteriores) a Windows 11, el sistema se encuentra con un entorno nuevo que no siempre encaja bien con el hardware que ya tenías. Windows 11 incorpora más servicios en segundo plano, medidas de seguridad adicionales y una interfaz más pesada, y eso se nota especialmente en equipos de hace unos cuantos años.
Uno de los puntos clave son los requisitos mínimos y, sobre todo, los recomendados. Microsoft marca el listón de entrada en 4 GB de RAM y 64 GB de almacenamiento. Sin embargo, en la práctica esa configuración se queda cortísima para un uso fluido. Con solo 4 GB, el sistema vive permanentemente intercambiando datos entre la memoria y el disco, algo letal si sigues usando un disco duro mecánico.
El procesador también tiene mucho que decir. Aunque Windows 11 se puede instalar oficialmente en CPUs de Intel de 8ª generación y equivalentes de AMD, la experiencia se resiente bastante en chips anteriores a 2017, sobre todo si abres varias aplicaciones a la vez o juegas. Es habitual que el sistema vaya “a tirones” aunque el escritorio parezca responder más o menos bien.
Otro factor que muchos pasan por alto es el impacto de TPM 2.0 y Secure Boot. En procesadores modernos la funcionalidad TPM está integrada y apenas resta rendimiento, pero en equipos que dependen de TPM por firmware el cifrado y las comprobaciones adicionales pueden comer recursos de CPU. No suele ser la causa única de que el sistema se arrastre, pero suma.
Por último, hay que contar con los procesos en segundo plano que Windows 11 trae activados de serie. Widgets, la integración de Microsoft Teams, una búsqueda más agresiva, servicios de telemetría y un sistema de actualizaciones muy insistente cargan RAM y CPU incluso aunque tú no los veas. En un equipo moderno con SSD esto pasa desapercibido; en uno más viejo, lo ahoga.
Actualizaciones problemáticas y estabilidad en 2026
En 2026 la situación se ha complicado aún más por culpa de varias actualizaciones desastrosas. La calidad de los parches de Windows 11 está muy cuestionada. Sobre todo desde que Microsoft redujo inversión y personal en pruebas internas. Eso se traduce en errores muy serios que afectan a la estabilidad y al rendimiento. Las novedades y mejoras no siempre llegan pulidas.
Actualizaciones KB5074109 y KB5089549
La actualización KB5074109, lanzada el 13 de enero, es un buen ejemplo de lo que no debería ocurrir. En apenas unos días se descubrieron fallos que rompían la conexión de Escritorio remoto, afectaban a Azure Virtual Desktop, Windows 365 y generaban problemas graves en entornos empresariales, hasta el punto de obligar a Microsoft a sacar un parche de emergencia fuera de banda.
A ese primer error se sumaron otros: equipos que no podían apagarse ni entrar en hibernación, juegos que empezaban a ir a tirones, bloqueos en el panel de control de NVIDIA, fallos con tarjetas gráficas AMD y un Outlook prácticamente inutilizable al interactuar con archivos en OneDrive y servicios como Dropbox. Para estos fallos también se publicaron correcciones exprés, pero el daño a la confianza ya estaba hecho.
Por si fuera poco, algunos usuarios empezaron a sufrir bloqueos de arranque con una pantalla negra que impedía iniciar Windows. Microsoft reconoció que estaba investigando el problema, sin tener claro si se debía a la actualización base o a parches posteriores. Y, para rematar, quienes intentaban revertir KB5074109 se topaban con el error 0x800f0905, lo que bloqueaba por completo la desinstalación en algunos casos.
Esta cadena de errores deja a muchos equipos en una situación delicada: o convives con un parche que te provoca inestabilidad y lentitud, o te ves obligado a hacer reparaciones más complejas o restaurar el sistema de fábrica. No es raro encontrar usuarios que han optado por congelar las actualizaciones o seguir con Windows 10 para evitar disgustos.
La cosa no se quedó ahí. La actualización KB5089549, ligada a la nueva función de baja latencia de Windows 11, también ha dado dolores de cabeza a quienes tienen poco espacio en la partición del sistema EFI, imprescindible para el arranque de Windows.
Soluciones para este tipo de errores
Cuando esa partición tiene 10 MB libres o menos, el proceso de instalación se para alrededor del 35 %, lanza el error 0x800f0922 y revierte todos los cambios. Para el usuario, la sensación es que “algo ha ido mal” y que Windows Update vuelve al punto anterior sin terminar de explicar qué ha fallado.
El registro del sistema deja pistas bastante claras: entradas que apuntan a espacio insuficiente en la partición EFI, justo la zona donde se guardan datos esenciales para el arranque. Microsoft ha admitido públicamente el problema y habla de una solución temporal hasta que se publique un parche definitivo.
Esa solución pasa por un ajuste en el registro de Windows. Si abres una ventana del símbolo del sistema con permisos de administrador y ejecutas un comando que modifica el valor EspPaddingPercent dentro de HKLM\SYSTEM\CurrentControlSet\Control\Bfsvc, el sistema deja de reservar relleno extra en la partición EFI, lo que puede liberar el margen necesario para completar la instalación.
Después de aplicar ese cambio, es imprescindible reiniciar el ordenador y volver a intentar instalar KB5089549 desde Windows Update. En la mayoría de casos, con este truco la actualización se aplica correctamente y se evitan los reinicios fallidos con el consabido mensaje de “revirtiendo cambios”. Aun así, se espera que Microsoft publique un parche que solucione la raíz del problema sin necesidad de toquetear el registro.
Malware, hardware defectuoso y otros culpables ocultos
No todo es culpa de Microsoft ni de sus parches. El malware sigue siendo una de las causas más habituales de que un PC con Windows 11 se vuelva lento, incluso varios días después de haber aplicado una actualización aparentemente inocente. En muchos casos, el usuario piensa que fue el update el que lo fastidió, cuando en realidad el bicho ya estaba ahí.
Una infección puede disparar el uso de CPU, memoria y disco con procesos que ni reconoces, instalar adware que lanza anuncios por todas partes o modificar el navegador para colarte barras de herramientas, páginas de inicio y extensiones que no has pedido. Si tu equipo tarda más en arrancar, se bloquea sin motivo o el ventilador no para, hacer un análisis profundo de malware es obligatorio.
El propio Windows Defender es un buen punto de partida. Desde la sección de Seguridad de Windows puedes lanzar un examen completo o incluso usar la opción de verificación sin conexión de Microsoft Defender, que reinicia el sistema y analiza el equipo antes de que se cargue el resto del sistema. Esto ayuda a cazar amenazas que se ocultan mejor cuando Windows está funcionando normalmente.
Si quieres ir un paso más allá, merece la pena usar herramientas externas como las que ofrece Microsoft en su análisis de seguridad avanzado. Realizar estos escaneos en Modo seguro, donde se cargan solo los servicios básicos, facilita detectar procesos maliciosos que en modo normal pasan desapercibidos. También puedes optar por limpiar tu sistema con BleachBit si detectas restos persistentes. Tras comprobar si el equipo también va lento en ese modo, sabrás mejor si el problema viene del sistema o de programas de terceros.
Tampoco conviene olvidar el hardware. Un componente defectuoso, como una batería de portátil en mal estado, un disco duro con sectores dañados o un SSD que empieza a fallar, puede provocar ralentizaciones brutales aunque el sistema esté limpio y actualizado. A veces los síntomas son sutiles: pequeños cuelgues al copiar archivos, pantallazos esporádicos o ruidos extraños del disco.
Rendimiento en juegos tras actualizar a Windows 11
Entre los usuarios más frustrados están los gamers que han visto cómo sus FPS se desploman tras actualizar. Hay casos reales de jugadores que antes de Windows 11 podían tener navegador, Discord y otras aplicaciones abiertas mientras jugaban sin problema, y ahora sufren tirones constantes incluso con solo el juego en marcha.
Un escenario muy típico es el de un PC con procesador Intel i5-10400F, una RTX 3060 Ti y 16 GB de RAM, una configuración más que decente para casi cualquier título actual. Tras pasar a Windows 11, el uso de CPU se dispara, el equipo entero parece congelarse y el juego tiene caídas repentinas de FPS por debajo de 10, sin que ocurra nada especial en pantalla. Da igual bajar gráficos, toquetear DLSS, FSR o V-Sync: el problema sigue ahí.
En algunos casos el origen está en la gestión de la caché de shaders de la tarjeta gráfica, especialmente en NVIDIA. Borrar la caché de shaders y dejar que el juego la regenere desde cero ha devuelto la fluidez a más de uno, como han comentado usuarios que jugaban a The Finals y veían cómo el uso de CPU del juego caía a la nada en los momentos de stuttering. Es una solución sencilla que merece la pena probar antes de volverse loco con reinstalaciones.
También influye el estado de los drivers gráficos tras la actualización. Aunque Windows Update instale controladores básicos, no siempre son las versiones más recientes ni las mejor optimizadas para juegos. Descargar directamente desde NVIDIA, AMD o Intel el último driver recomendado para tu GPU suele mejorar mucho el rendimiento, tanto en juegos como en la propia interfaz de Windows 11.
Ajustes clave para acelerar Windows 11
Más allá de parches y problemas puntuales, hay una serie de cambios que puedes aplicar para que Windows 11 vaya mucho más ligero. Algunos son simples ajustes de configuración, otros implican tocar hardware, pero todos juntos pueden transformar un equipo perezoso en una máquina bastante más ágil.
- Desactivar efectos visuales innecesarios. Animaciones, transparencias y sombras bonitas consumen recursos de CPU y GPU de forma constante, y en equipos modestos esa carga se nota al abrir ventanas o cambiar de aplicación. Desde las opciones avanzadas de rendimiento puedes seleccionar “Ajustar para obtener el mejor rendimiento” o personalizar qué efectos conservar.
- Deshabilitar programas que se inician solos. Aplicaciones de mensajería, clientes de música, sincronizadores en la nube o launchers de juegos se suman uno detrás de otro, aumentando brutalmente el tiempo de arranque y consumiendo memoria desde el primer segundo. En el Administrador de tareas tienes una pestaña de Inicio donde puedes deshabilitar lo que no sea esencial.
- Mantener los drivers críticos al día. Básico. Adaptadores de pantalla, controladoras de sonido y adaptadores de red deben estar con drivers actualizados y compatibles con Windows 11.
- Revisar la indexación de búsqueda. Windows Search analiza constantemente tus archivos para ofrecer resultados instantáneos, pero en equipos con procesadores lentos o discos mecánicos este proceso puede comerse los recursos del sistema. Si no usas mucho la búsqueda, puedes desactivar el servicio de Windows Search o limitar las ubicaciones indexadas a unas pocas carpetas clave.
Cuándo toca mejorar el hardware: SSD y RAM
Llega un punto en el que exprimir la configuración deja de ser suficiente. Si tu PC sigue tirando de disco duro mecánico y solo tiene 4 GB de RAM, Windows 11 va a sufrir sí o sí, por muy afinado que esté el sistema. Ahí es donde un par de mejoras de hardware marcan la diferencia.
El cambio de HDD a SSD es, con mucha diferencia, la actualización más rentable. Pasar el sistema a un SSD reduce el tiempo de arranque de más de un minuto a apenas unos segundos y multiplica la velocidad de apertura de programas. Windows 11 está diseñado pensando en esta tecnología, y cuando se ve obligado a trabajar sobre un disco mecánico el cuello de botella es brutal.
En la práctica, notarás que el equipo responde al instante al abrir el navegador, lanzar aplicaciones pesadas o copiar archivos grandes. Incluso tareas como instalar actualizaciones o restaurar el sistema se vuelven mucho más llevaderas con un SSD. Y si te preocupa la migración, la mayoría de servicios técnicos ofrecen clonación de datos para que no pierdas nada.
La RAM es el otro gran pilar. Con 4 GB, Windows 11 apenas tiene margen para el propio sistema y un par de programas ligeros. En cuanto abres varias pestañas en el navegador, un editor de documentos y algún programa más, el sistema comienza a abusar del archivo de paginación en disco y todo se vuelve lento. Subir a 8 GB suele ser el mínimo razonable hoy en día. Si no puedes ampliar, prueba el modo de memoria baja para reducir la RAM usada por procesos en segundo plano.
Si puedes permitirte 16 GB, mejor todavía. Con esa cantidad podrás trabajar con muchas pestañas, aplicaciones de ofimática, reproductores multimedia y algún retoque de imagen sin que la RAM se llene al instante. Para trabajos más pesados como edición de vídeo 4K, diseño 3D o máquinas virtuales sí tiene sentido ir más allá de 16 GB, pero para la mayoría de usuarios no es imprescindible.
Liberar espacio y usar correctamente las herramientas de recuperación
Otra causa muy infravalorada de lentitud es el espacio libre. Windows 11 necesita tener un margen de aire en el disco, idealmente un 10-15 % del total, para gestionar bien el archivo de paginación, las actualizaciones y los archivos temporales. Si tienes el disco prácticamente lleno, todo el sistema se vuelve perezoso.
Desde Configuración → Sistema → Almacenamiento puedes activar el Sensor de almacenamiento para que el propio Windows realice limpieza automática de archivos temporales periódicamente. Es recomendable entrar también en “Archivos temporales” y eliminar cachés, restos de actualizaciones antiguas e instalaciones previas como la carpeta Windows.old si ya no vas a volver a la versión anterior.
No olvides la papelera de reciclaje, los programas que ya no utilizas y los archivos enormes que quizá tengas perdidos en la carpeta Descargas. Un poco de orden puede liberar fácilmente decenas de GB y hacer que el sistema respire mucho mejor.
Si las cosas se han torcido demasiado, las herramientas de recuperación de Windows 11 pueden sacarte de un buen lío. La opción de “Restablecer este PC” permite devolver el sistema a un estado de fábrica manteniendo tus archivos personales, pero eliminando aplicaciones y configuraciones problemáticas. Es una especie de “formateo controlado” más rápido y sencillo que una instalación desde cero.
También puedes lanzar este restablecimiento desde la consola, usando el comando systemreset -factoryreset con privilegios de administrador. En ambos casos, la herramienta accede al entorno de recuperación, borra y formatea las particiones necesarias y vuelve a instalar una copia limpia de Windows 11. Después tendrás que reinstalar tus programas, pero el sistema suele quedar como nuevo.
¿Merece la pena seguir con Windows 11 en PCs muy antiguos?
Hay que ser sinceros: no siempre sale a cuenta seguir luchando contra el sistema. En ordenadores muy antiguos, especialmente los fabricados entre 2010 y 2014, Windows 11 puede arrancar, sí, pero la experiencia diaria será frustrante, incluso aunque le pongas un SSD y algo más de RAM.
Si tu equipo tiene un procesador de dos núcleos de las primeras generaciones de Intel Core i3, 4 GB de RAM sin posibilidad de ampliación y un disco duro lento de 5400 RPM, ni las mejores optimizaciones van a obrar milagros. Podrás navegar y escribir documentos, pero cada actualización grande será un suplicio y cualquier multitarea mínima pondrá el sistema al límite.
En esos casos, plantearse alternativas como Linux tiene todo el sentido del mundo. Distribuciones ligeras como Linux Mint, Ubuntu o Zorin OS ofrecen una interfaz cómoda, muy parecida a Windows, pero con un consumo de recursos muchísimo menor. Con ellas, un PC que parece desahuciado en Windows 11 puede arrancar en pocos segundos y moverse con soltura.
La gran ventaja es que Linux es gratuito y mucho menos exigente en hardware. En reposo puede quedarse en 500 MB – 1 GB de RAM, no requiere antivirus pesado y funciona perfectamente en procesadores modestos. El punto débil está en la compatibilidad: determinados programas profesionales, juegos con DRM y suites como Adobe no funcionan nativamente.
Antes de gastar dinero en ampliar RAM o cambiar a SSD en un equipo casi obsoleto, conviene hacer números. Entre memorias nuevas, un SSD y la mano de obra de instalación puedes plantarte en 110-170 euros fácilmente para alargar la vida del PC dos o tres años. Si tu uso es intensivo (edición, gaming, diseño), quizá te compense ahorrar un poco más e ir a por un equipo moderno que te aguante mucho más tiempo.



